El viernes cerramos el sprint con tres tickets abiertos, y dos eran míos, así que la conversación incómoda del lunes me tocaba a mí abrirla.
Antes habría llegado el lunes con una lista de justificaciones armada de antemano, pero esta vez llegué con otra cosa: los dos tickets míos no estaban abiertos por descuido, estaban abiertos porque a mitad de semana decidimos que había algo más importante, esa decisión la tomé yo a ojos abiertos, y no me quedé atado a lo que había prometido el lunes anterior solo por no admitir en voz alta que el plan había cambiado.
Eso lo aprendí en la pista antes que en una oficina: cuando llego a entrenar con algo que no anda, la bici, el cuerpo, el miedo a un salto que ayer me salió mal, y me lo guardo para no mostrarme flojo, no desaparece, me explota en plena manga, y decirlo a tiempo, a Cristóbal, mi coach, que vive sacándome de la zona de confort, es lo que me salva la carrera; en un equipo es igual, la noticia incómoda no es la que se guarda hasta que ya no hay nada que hacer, es la que se pone sobre la mesa temprano y escala primero, porque esconderla por orgullo es lo único que la termina volviendo desastre.
Cambiar de rumbo es parte del juego, pivotear no es rendirse, y el costo hundido no es una deuda que tengas que seguir pagando con tal de no admitir que el camino cambió, lo caro de verdad es quedarte parado defendiendo un plan que ya murió, y por eso me quedo con la única orden que Knight repite en Shoe Dog: nunca te pares.
¿Cómo cierras tú un sprint que no salió redondo, lo conversas de frente el lunes o lo dejas para que aparezca solo en la siguiente planificación?